Rastas rubias, ponchos chic y la apropiación cultural en Argentina

 Una parte integral de nuestra identidad como argentinos y como latinoamericanos blancos (o que parecemos blancos) es la construcción del mestizaje, o lo que se llama “democracia racial” o “crisol de razas”.

Aunque la identidad del latino en calidad de mestizo (pero mestizo pálido), de mezcla irreconocible, de hijo y nieto de inmigrantes; es una fábula que se ha dado en toda Latinoamérica; en pocos lugares es tan marcada como en Argentina. La raza es un tema tabú en todo el continente, pero ningún país escasea tanto en estudios formales y discusiones abiertas sobre el tema como el nuestro.

Podríamos (…) pensar que en Buenos Aires las categorizaciones raciales ya no son importantes y que los porteños, salvo casos extremos, somos cromáticamente ciegos. Desgraciadamente, la “ceguera cromática” de los porteños sólo alcanza a los blancos, a aquellos quienes años atrás hubieran sido considerados pardos o a otros mestizos claros.

Nos vemos a nosotros mismos y nos presentamos ante los demás como un “país blanco”, y este mito está sostenido en dos de los genocidios más grandes de la historia post-colonial del continente: La cuasi-aniquilación de los esclavos y descendientes de esclavos negros en las guerras de la independencia y la guerra del Paraguay; y la masacre de los pueblos originarios durante la Conquista del Desierto.

Las comunidades nativas y afrodescendientes sobrevivieron a estos procesos de “limpieza étnica”, pero sobrevivieron diezmadas, ocultas, invisibilizadas: en comunidades cerradas (teniendo como ejemplo más claro y doloroso al Impenetrable en el Chaco) en las fronteras (donde se habla de los Umbanda como si fueran todos brasileros, cuando la comunidad afroargentina lleva más generaciones en este suelo que los hijos de italianos) o forzados a dejar de lado su herencia cultural en pos de una integración a la urbanidad porteña blanca.

Argentina no sólo ignora su herencia negra y nativa: ignora a los españoles e italianos de ascendencia árabe,  ignora a los refugiados judíos, ignora que somos el país con la diáspora asiática más grande de Sudamérica. Argentina se olvida de que antes que hijos de los barcos, sesenta por ciento de la población argentina es hija de esta tierra, con sangre aborigen en las venas; e ignora también que “hijo de los barcos” no es sólo el europeo blanco, sino también hijo de los barcos negreros.

Cuando se habla de nuestra naturaleza “mestiza” nos referimos a una bisabuela mapuche que no tiene nombre ni registro, a una familia que es mezcla de polaca y española, a una “mezcla” que siempre tiene que dar como resultado a un argentino blanco y cristiano.

Esta construcción tiene dos objetivos primordiales:

Primero, una construcción de identidad hacia fuera, para mostrarle al Europeo blanco, que aspiraba a mostrar a la Argentina post-independencia como un país unido y “civilizado”, tierra fértil para que los poderes económicos Europeos invirtieran su capital en proyectos agrícolas e industriales y alentar la inmigración de europeos blancos y apoderados.

Segundo, la fabricación de una historia e identidad en común que ignora la marginación y masacre de los pueblos en pos de un mito de unidad y acuerdo; en que los pueblos originarios cedieron su tierra voluntariamente y los esclavos africanos fueron a morir en las guerras patrias de buena fé, en que el mestizaje es tal que ya no es necesario aferrarse a las historias de opresión y a las herencias culturales individuales sino que lo único razonable es integrarse a la “nación Argentina”.

Este análisis no debería sorprender a nadie: desde la imagen del gaucho dócil hasta los niños blancos con las caras pintadas con carbón*, representando a esclavos felices de servir al criollo; sin olvidar que Roca –el peor genocida de nuestra historia- circula todavía en el billete de cien pesos y hay escuelas con el nombre “Conquista del Desierto”; la discusión de raza en nuestra concepción de la historia argentina es mínima o nula.

Si nos quedáramos con lo que se nos enseña en la escuela y lo que vemos en la televisión, realmente no cabría duda (especialmente para los nacidos y criados en Buenos Aires) de que Argentina es un “país blanco”.

Pero, si esta construcción es una falacia, una mentira, ¿por qué nos aferramos a ella? La respuesta más sencilla es: porque nos conviene. Porque, “es la posibilidad de apropiarse de un montón de herencias sin tener que hacerse cargo de ninguna, porque, justamente, la idea es construir una nueva, una distinta”.

Cuando reivindicamos la identidad argentina en calidad de revolucionaria, anti-colonial y latinoamericanista; nos olvidamos de que la independencia de España fue primeramente una estrategia económica de los criollos blancos que no querían pagar impuestos a la Corona por explotar las tierras colonizadas. Nos olvidamos de que el Estado Argentino estuvo detrás del diezmo de las poblaciones nativas y africanas mucho después de la colonización. Ignoramos que la misma colonización es un proceso que no terminó todavía: que los pueblos originarios siguen luchando con uñas y dientes para defender la poca tierra que les queda, y ahora la culpa no es de España sino nuestra.

En calidad de argentinos blancos y/o que parecemos tales, criados con la idea de que no podemos ser racistas porque todos los argentinos son mestizos y de que no podemos ser opresores porque somos nosotros los oprimidos por Europa, nos cegamos ante nuestras propias culpas y terminamos siendo parte del mismo síndrome colonizador que los españoles y los gringos. (No nos olvidemos que la Ley de Ciudadanía contempla que será argentino “todo aquel que nazca en las colonias que tenga o vaya a tener el Estado Argentino”.)

Nos excusamos en la mentira de que nosotros somos los que peor la estamos pasando para avasallar a los que están todavía más abajo en la pirámide social, y en el mestizaje, la globalización y la multiculturalidad para armar un ‘patchwork’ de nuestra identidad que ni nos corresponde ni nos representa.

Los argentinos blancos/mestizos usamos rastas porque escuchamos reggae, nos tatuamos guardas mapuches porque los tatuajes “tribales” nos parecen hermosos, nos ponemos “turbantes” para copiar a la estrella internacional de moda, nos hacemos diseños de Henna en las manos, nos copiamos de maquillaje mexica del “Día de los Muertos” para una fiesta de disfraces.

Los argentinos blancos/mestizos decimos “negros de mierda” a modo de insulto, nos reímos porque alguien torpe es “re indio”, hacemos chistes sobre “terroristas musulmanes”, hablamos de lo “oprimidas” que son las mujeres en la India, hacemos fiestas “mexicanas” para reírnos de lo machistas y alcohólicos que supuestamente son nuestros hermanos del norte.

La excusa del mestizaje nos permite robar elementos de todas las culturas (“¡igual somos todos mezcla!”) sin ningún riesgo de descubrirnos a nosotros mismos como racistas (“tengo una tatarabuela mulata, eh”). Cuando no alcanza, tenemos otro argumento, infalible: “¡Vivimos en un mundo globalizado! ¡Las culturas existen para ser compartidas!

Pero la realidad es otra. La realidad es que a los esclavos africanos que llegaron a la Argentina con las rodillas peladas y los huesos a flor de piel y el pelo en rastas de tanta sangre y tierra y sudor; los blancos los obligaron a afeitarse la cabeza. La realidad es que a los Qom les niegan atención en los hospitales porque no les quieren tocar la piel “sucia”, porque son “salvajes” que igual no entienden la medicina moderna.

La realidad es que los tatuajes culturales, sagrados, heredados por milenios; cuando están hechos sobre piel oscura son vistos como marca de barbarie y salvajismo; mientras que nosotros con la piel tan blanca nos podemos tatuar una svástica en el brazo y conseguir trabajo igual.

La realidad es que la rasta, como marca del movimiento Rastafari en Centroamérica, es un símbolo de los esclavos africanos rebeldes que reclamaron su libertad y su identidad en oposición al hombre blanco, esclavista y opresor. No tiene nada que ver con escuchar reggae, y fumar marihuana no te acerca para nada a “Jah” si tenés la piel blanca.

La “cultura compartida” sólo se puede dar con justicia, respeto y buena voluntad cuando hay igualdad social, institucional y económica. Porque “globalización” y “multiculturalidad” son conceptos muy hermosos, pero en la práctica sólo significan que la gente de color se tenga que adaptar al molde occidental blanco para poder vivir pero los blancos podamos robarles todas las cosas que hacen a su identidad y usarlas de accesorio sin ningún tipo de consecuencia.

Mientras que la gente de color se vea obligada a abandonar su herencia cultural y adoptar ropas, creencias, costumbres y lenguajes impuestos por el cristiano blanco; mientras que tengan que elegir entre ceder su identidad o perder la vida en manos de una pandilla de neonazis, un político corrupto o un policía; mientras que la igualdad más allá del color, la fé o la cultura sigan siendo sólo una teoría, nosotros con la piel tan pálida… no podemos usar rastas.

* En países donde la discusión sobre el racismo y, específicamente, el racismo anti-negro ya se ha dado más abiertamente, hay una conciencia general de que la práctica de pintarse la cara de negro para imitar a los africanos (conocida como “Blackface”) es terriblemente racista, denigrante y deshumanizante. El hecho de que esta práctica sea considerada como algo natural y válido que se le enseña a niños en la escuela primaria es otra señal de que nuestro país necesita una concientización sobre temas de raza.

Bibliografía para expandir:

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